El
calvario que sufren israelíes y palestinos
arrasa a todos por igual. Teniendo un origen común
-lengua y destino, el yugo romano- han
perfeccionado el odio. En principio fue la diáspora;
siglos más tarde, el Holocausto perpetrado por
los nazis. Con el mundo de su parte, lograron
crear su propio Estado, una pertenencia
territorial según sus leyes. Y lo hicieron quedándose
con Palestina.
Los
judíos establecieron una realidad política
basada en el poder de las armas. Habiendo sido
aniquilados por una perversidad sin precedentes,
fabricaron la bomba nuclear. Su inteligencia bélica
tiene una mano metida en todos los conflictos
internacionales. En Guatemala, se les recuerda
por el comercio militar de los fusiles tipo
Galil. No se entiende cómo pudieron pasar, sin
remordimientos de conciencia, de víctimas a
victimarios.
Es
justo que los palestinos busquen liberarse.
Lamentablemente, no fue difícil ir de las ideas
al terror, de la ideología al fanatismo. Ni Alá,
ni el Dios de los cristianos, es más grande
porque un niño se enrolle al cuerpo kilos de
dinamita. Deben reprocharse sus actos
guerrilleros, pero la OLP planteó la
posibilidad del diálogo. Yasser Arafat intercaló
las propuestas con el uso de atentados, hasta
que perdió el control de los más radicales. En
todo caso, las negociaciones cubrieron más
tiempo y cadáveres que buenos resultados.
El
mérito de Arafat fue, además de manejar hábilmente
la escena mundial, haberse convertido en
interlocutor del poder israelí. Si a principios
de la década del noventa, dio la cara a Isaac
Rabin en las discusiones de Camp David, vio
venir su fin con la llegada de Ariel Sharón,
verdadero enemigo desde los tiempos de Shabra y
Shatila.
Si
Rabin abrió las puertas al diálogo con los árabes,
incluida la paz con el rey Hussein de Jordania,
Sharón lanzó sus tanques hasta arrinconar a
Arafat en su Muqata durante los últimos tres años.
Una estrategia que mermó tanto su salud como su
presencia al frente de la Autoridad Nacional
Palestina.
Rabin
fue asesinado en Tel Aviv por los suyos, y Sharón
ha pactado su control con el Partido Laborista y
el Likud, sin olvidar el apoyo incondicional del
extremismo sionista, que también ocupa sendas
sillas en el Pentágono.
Es
así que los hilos de la manipulación quedan al
descubierto. Todos estos creyentes en Dios están
involucrados en la industria de la guerra. No es
sincera su voluntad de paz y como dirigentes políticos
están lejos de representar el anhelo de sus
pueblos; avivan el fuego del rencor para
comerciar y expandirse. El Oriente Medio es un
ejemplo detestable de las capacidades que
despliegan las potencias para imponer sus
intereses.
La
muerte de Arafat coincide con la reelección de
Bush. Y ni Al Fatah ni Hamas dan muestras de
querer encauzar la lucha hacia otros derroteros
que no sean las purgas internas y el terrorismo.
Todo parece planeado para que Estados Unidos se
enfoque militarmente contra Irán y el Líbano.
Y no habrá tercera Intifada que valga si los
palestinos no logran llenar el vacío y
proyectar ese liderazgo en función de alianzas.
Arafat
fue enterrado sin cumplir su promesa. Algunos
han dicho que se equivocó al no firmar el
acuerdo propiciado por un presidente Clinton
ansioso de guardarse la fama. Otros, entre ellos
Edward Said, lo declararon traidor al dejarse
maniatar por la diplomacia occidental desplegada
en Oslo.
Ángel
o demonio, que arda en las llamas: podemos
abominar sus métodos, pero nunca negarle el
valor de asumir un tiempo en que el hebreo y el
árabe fueron los idiomas de la violencia.
Palestina merece su propia tierra y ese ideal se
agita en terrible desventaja. Los judíos no
quieren recordar que a ellos también se les negó
este derecho. ¿Tendrán memoria de aquél
dolor?
Unos
y otros han rasgado una raya infernal entre la
Biblia y el Corán. Pero sólo el gobierno
israelí ha levantado el muro que avergüenza
sus orígenes. ¿Es este el pueblo de Dios?