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Medio:
Clarín, Argentina
Autor: Oscar
Raúl Cardoso
Día: 8
de julio de 2005
Site:
http://www.clarin.com/diario/2005/07/08/elmundo/i-04401.htm
Mail: oscardoso@clarin.com
"El
que es terrorista para un hombre puede ser un
combatiente de la libertad para otro. "
Un
ataque que puede provocar indignación, pero no
sorpresa
Se
puede reaccionar con indignación y horror a lo
sucedido ayer en el centro de Londres, pero difícilmente
se pueda aducir sorpresa porque sería hipocresía:
dos meses después del 11-S del 2001 en Nueva
York, el Parlamento británico que había
ordenado evaluar las vulnerabilidades de su
capital a un grupo de expertos obtuvo respuesta.
La debilidad mayor, dijeron estos, residía en
el sistema de transporte público londinense.
¿Entonces
los muertos y heridos de ayer significan que los
ingleses no actuaron sobre la base de aquel
diagnóstico alarmante? No, en verdad lo
hicieron y de modo eficiente como lo prueba el
funcionamiento casi óptimo que tuvieron los
servicios de seguridad y de emergencia, claro
que solo después que la tragedia se había
consumado.
Tan
solo un año atrás un alto jefe policial inglés
había asegurado que la pregunta más común (¿puede
haber un atentado como el de las Torres Gemelas
en Londres?) no era la correcta. No había que
preguntar si era posible, sino cuándo sucedería.
Sucedió ayer.
Es
interesante ver cómo esta tercera tragedia en
una gran ciudad en los pasados cuatro años
denuncia la inconveniencia de recurrir a
adjetivos para hablar del atentado, sus autores
y sus víctimas. La comprensión demanda tener
una perspectiva histórica de lo que, a pesar de
lo que nos proponen George W. Bush y Tony Blair,
sigue sucediendo en el mundo.
La
inteligencia y la policía británica aseguran
haber evitado ocho ataques como el de ayer en
los pasados años. Por razones del secreto
oficial, que se ha vuelto asfixiante en estos
tiempos, no se conocen los detalles de aquellas
oportunidades exitosas. Pero como la presión pública
será más fuerte ahora y porque como en ese
entonces hubo detenidos, los casos llegarán a
proceso judicial, parece más que probable que
aquel secreto se levante, al menos parcialmente.
Y todos, empezando por los ingleses, puedan
conocer que funcionó entonces y que es lo que
no funcionó ayer.
Esto
lleva a otra dimensión del problema que tampoco
visita mucho el discurso público: el poder de
los débiles. La cumbre del G8 en Escocia, que
se llevaba a cabo cuando las cuatro explosiones
sacudieron Londres, reúne a los poseedores de
dos tercios del producto bruto mundial y, en términos
militares, al mayor poder destructivo combinado
que la humanidad ha conocido en toda su
historia. Tan sólo Rusia y Estados Unidos
tienen aún en dotación, aseguran los expertos,
suficientes ojivas nucleares para destruir más
de una vez al planeta.
Ni
en la más paranoica pesadilla es posible
concebir que cualesquiera hayan sido los
responsables de la masacre londinense — Al
Qaeda o alguna de sus células— el poder de
estos pueda siquiera compararse con el de las
principales potencias del planeta. Y, sin
embargo, el G8 perdió en apenas dos horas de la
mañana europea del jueves el centro de la
escena. Y si provino de algún sector del mundo
islámico, como aceptó tempranamente Tony
Blair, cabe señalar que ha sido otra instancia
de confrontación entre una geografía colmada
de pobreza y el centro más rico de Occidente.
Es
interesante notar que el estado inglés gastó,
según las cifras oficiales, no menos de 140
millones de dólares en la seguridad para esta
cumbre de Escocia. Todo parece indicar que no
fue un gasto totalmente inútil para proteger a
los líderes del mundo de los grupos coloridos
de manifestantes antiglobalización. Pero la
patada que ayer desbandó el tablero de Blair y
sus huéspedes del G8 fue dada en Londres, no en
tierras escocesas.
Por
eso conviene ponerse en guardia contra los
adjetivos que vienen rápido a la lengua.
Terroristas, barbarie o desde el otro bando
"golpe al imperialismo anglosajón",
no significan mucho. El que es terrorista para
un hombre puede ser un combatiente de la
libertad para otro. En este juego del terror y
contraterror no hay más inocentes que las víctimas
que caen bajo el fuego en Nueva York, Madrid o
Londres y, también, las que sucumben
diariamente a las balas de la ocupación
occidental, entre otros lugares, en Irak y en
Afganistán.
Particularmente
absurda resultó ayer la explicación inicial de
Bush en Escocia. Según el presidente
estadounidense mientras los atacantes querían
matar a civiles indefensos en Londres, los de la
cumbre del G8 estaban empeñados en resolver la
crisis del sida, en apropiar fondos para la
ayuda al mundo en desarrollo y para revertir el
fenómeno de la degradación ecológica del
planeta. Con este grado de distorsión de la
realidad no es extraño que Bush haya logrado
que seis de cada diez estadounidenses declaren
hoy inservible la guerra que no cesa en Irak.
Veamos
cada punto. En materia de ayuda al desarrollo el
G8 parece no haber encontrado otro modo que
"perdonar" una parte ínfima (40.000
millones de dólares) de la deuda externa, que
por lo demás sabe incobrable, de un puñado de
naciones del Africa subsahariana y a cuatro de
América latina (Bolivia, Honduras, Guyana y
Nicaragua).
El
"consenso" anunciado sobre la lucha
contra el fenómeno del recalentamiento atmosférico
no parece ser sino una fórmula retórica de
Washington para seguir eludiendo la presión en
favor del protocolo de Kyoto que, aunque ya
aprobado por la mayoría de la comunidad
internacional, sigue condenado a la inutilidad
por la sociedad que devora como ninguna otra
energía y que teme perder hasta el menor margen
de ganancia, aunque de salvar la tierra se
trate. Ahhh... sí, el sida. Después de la
cumbre de Escocia nada hace presumir que vaya a
detener su marcha, sobre todo en Asia y Africa.
En
verdad, si el terror en Londres tiene —y sí
los tiene— responsables directos, es imposible
creer que líderes como Bush y Blair sean
enteramente inocentes de las tragedias que ahora
conocen sus sociedades.
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