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Medio:
Diario vasco,
España
Autor: Ignacio
Álvarez-Ossorio (Profesor de Estudios Árabes e
Islámicos de la Universidad de Alicante y
Colaborador de Bekeaz)
Día: Lunes
8 de junio de 2005
Site:
http://servicios.diariovasco.com/pg050608/prensa/noticias/O
Mail: redaccion@diariovasco.com
(Diario) o ialvarez@bakeaz.org
(Autor)
"El
Gobierno de Ariel Sharon sigue negándose a
negociar con los palestinos e intenta imponer su
propia solución unilateral por medio de su política
de hechos consumados, destinada a imposibilitar
la creación del Estado palestino, independiente
y viable que establece la resolución 1397 del
Consejo de Seguridad."
MN: El
Proceso de Paz no se trata de una negociación
interminable, sino que en algún momento -por
ejemplo ahora, luego de 12 años luego de haber
comenzado- los palestinos tienen que empezar a
cumplir aunque más no sea parte de los mismos.
¿Qué tal empezar eliminando el terrorismo?
Destruye
Israel casas de colonos en Gaza
El
éxito o el fracaso del presidente Mahmud Abbas,
Abu Mazen, depende, ahora más que nunca, de su
capacidad para modificar la política de la
Administración de Bush hacia la cuestión
palestina. No cabe duda de que la visita de
Abbas a la Casa Blanca el 26 de mayo representa
un paso importante en el camino de la
normalización de las relaciones
palestino-americanas tras cuatro años de
violenta Intifada, que redujeron a cenizas las
esperanzas de alcanzar una paz negociada. Se
trata de la primera vez en casi un lustro que un
presidente norteamericano recibe a un presidente
de la Autoridad Palestina, acontecimiento que
debe ser saludado en la medida en que puede
contribuir a reanudar las negociaciones de paz
y, por ende, posibilitar el retorno de la
comunidad internacional a este olvidado y
enquistado conflicto.
Pese
a su elevada carga simbólica, los resultados de
la entrevista entre Bush y Abbas pueden
considerarse limitados. Es posible incluso que,
en lugar de fortalecerse, la posición de Mahmud
Abbas haya salido debilitada tras la reunión
con George W. Bush. El presidente palestino
llegaba a la cita en una situación difícil, ya
que, desde su elección el pasado 9 de enero, ha
logrado diversos éxitos en el ámbito nacional
que no ha sabido rentabilizar adecuadamente en
la escena internacional. Es cierto que en los últimos
meses los atentados y la violencia se han
reducido de manera notable, después de que las
organizaciones palestinas anunciasen una tregua
unilateral, y también es cierto que se ha
avanzado un largo trecho en el proceso de
incorporación de Hamás al juego político, lo
que podría acelerar el abandono de las armas
por parte de esta formación islamista. Además,
Abbas ha alejado el fantasma de la guerra civil
que muchos agoreros anunciaban tras la muerte de
Arafat y, lo que es más importante, lo ha hecho
por medio del diálogo y la negociación.
Todos
estos avances penden ahora de un hilo, puesto
que, mientras que la Administración de Bush no
parece lo suficientemente interesada en
consolidar la posición de Abbas, el Gobierno
israelí está haciendo todo lo posible por
socavarla. Pese a los avances mencionados, el
Gobierno de Ariel Sharon sigue negándose a
negociar con los palestinos e intenta imponer su
propia solución unilateral por medio de su política
de hechos consumados, destinada a imposibilitar
la creación del Estado palestino, independiente
y viable que establece la resolución 1397 del
Consejo de Seguridad.
Esta
política se basa en dos grandes líneas de
actuación. En primer lugar, el plan de
desconexión de Gaza, que convertirá este pequeña
y superpoblada franja (1.300.000 palestinos
repartidos en 360 kilómetros cuadrados) en la
mayor prisión del mundo, dado que, después de
la evacuación de sus 8.000 colonos, todas sus
entradas y salidas seguirán estando bajo el
control militar israelí. En segundo lugar, el
muro de separación que se erige sobre el
territorio de Cisjordania, que está recluyendo
a la población palestina en cuatro cantones que
apenas suman la mitad del territorio que Israel
ocupa desde 1967. Así las cosas, el margen de
actuación de Abu Mazen es cada vez más
limitado, y, de no lograr resultados tangibles y
cambios sobre el terreno en un plazo razonable
de tiempo, podría empezar a ser cuestionado por
aquellas mismas personas que le dieron su apoyo
en los comicios de enero. Como señaló el
dirigente palestino en la rueda de prensa
posterior al encuentro con Bush, «El tiempo se
está convirtiendo en nuestro peor enemigo. Es
necesario llegar a un acuerdo antes de que sea
demasiado tarde».
Ante
esta desoladora situación, el encuentro entre
Bush y Abbas había generado grandes
expectativas, ya que serviría para valorar el
grado de implicación que la Administración
norteamericana estaba dispuesta a asumir en una
eventual reanudación del proceso de paz. Un
apoyo a esta opción no sólo exigía una
respaldo a la gestión de Abbas, sino también
la aprobación de una carta de garantías a los
palestinos (similar a la que se ofreció a los
israelíes el 14 de abril de 2004) en la que
Washington mostrase su apoyo a la creación de
un Estado palestino sobre las fronteras de 1967
y comprometiese sus esfuerzos para frenar las
políticas anexionistas del Gobierno israelí.
En lugar de esta opción, Abbas tan sólo ha
conseguido arrancar una ayuda directa a la
Autoridad Palestina de 50 millones de dólares,
una alusión verbal a que «cualquier acuerdo
sobre el estatuto final debe negociarse entre
las dos partes y los cambios en las fronteras
del armisticio de 1949 deben ser de mutuo
acuerdo», y una petición formal de congelación
de la construcción de nuevos asentamientos en
el entorno de Jerusalén, llamamientos que en el
pasado no han conseguido modificar un ápice la
política de Israel, al no ir acompañados de
ningún tipo de presión sobre su tradicional
aliado.
El
fracaso de Abbas evidencia que la Administración
de Bush ha acabado por aceptar la estrategia
israelí destinada a excluir a los palestinos
del proceso de paz. Hoy en día, el estatuto
final de los territorios palestinos depende en
exclusiva de la negociación que tiene lugar
entre Israel y EE UU. Así las cosas, no es de
extrañar que Abbas sea cada día más
cuestionado en los Territorios Ocupados, ni
tampoco que Fatah, su partido, se haya visto
obligado a retrasar las elecciones legislativas
del 17 de julio por temor a ser derrotado por
los islamistas de Hamás, quienes han sabido
atraer a sus filas a buena parte de quienes se
sienten frustrados por el deterioro de sus
condiciones de vida y por las escasas
perspectivas de alcanzar una solución negociada
del conflicto.
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