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Medio:La
Jornada México
Autor: Editorial
Día: 29
de enero de 2005
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"En
forma menos espectacular, millones de personas
mueren todos los años de sida, de paludismo y
desnutrición, en el contexto de un modelo económico
centrado en la obsesión de maximizar utilidades
en detrimento de condiciones de higiene y salud,
de equilibrios climáticos y de la sobrevivencia
de comunidades carentes de poder adquisitivo. Los
complejos gubernamentales - industriales -
militares de Estados Unidos y sus socios son una
construcción social semejante a la que
establecieron los nazis en el
pueblo polaco de Oswiecim, y el modelo económico
imperante funciona también como un campo de
muerte y exterminio. Pese
a la derrota del Tercer Reich hace 60 años, a
pesar de los avances civilizatorios logrados por
la humanidad en ese lapso, y a contrapelo del
horror que nos inspiran las barracas, las cámaras
de gas y los hornos crematorios, la pesadilla no
ha terminado".
AUSCHWITZ,
AYER Y HOY
El
enorme complejo de detención, esclavitud,
pillaje y exterminio de personas instalado por
el régimen nazi en la localidad polaca de
Oswiecim, conocida en alemán como Auschwitz,
liberado por el ejército soviético el 27 de
enero de 1945, hoy hace 60 años, es el símbolo
más amargo y extremo de la crueldad humana en
el siglo que terminó hace un lustro y, tal vez,
de toda la historia; representa también los
excesos a los que pudo llegarse en uno de los países
más cultos y desarrollados de Europa como
consecuencia de un delirio paranoico que sedujo
a buena parte de la sociedad alemana y que causó
la destrucción de Europa y la muerte de un
total estimado de entre 50 y 60 millones de
individuos.
Ese
delirio se decantó en dos vertientes
principales: por una parte, la Segunda Guerra
Mundial propiamente dicha, generada por el empeño
casi exitoso del Tercer Reich de someter a su
dominio a todas las naciones del viejo
continente, en la que murieron unos 27 millones
de soviéticos, 8 millones de alemanes, más de
un millón de franceses y casi un millón de
británicos; por la otra, la persecución, la
explotación y el exterminio, en Alemania y en
los países conquistados, de judíos, gitanos,
comunistas y socialistas, homosexuales, miembros
de sectas religiosas, discapacitados y otros
grupos cuya existencia fue considerada por los
jerarcas nazis como "un problema".
Los
nazis no inventaron el genocidio. Las Cruzadas,
las invasiones bárbaras, los conflictos
religiosos en la Europa medieval, la conquista
de América, las innumerables aventuras
coloniales de las naciones del viejo continente
y el tráfico de esclavos africanos, entre
muchos otros procesos históricos, fueron acompañados
de masacres y operaciones de exterminio de
grupos humanos, cuya enormidad escapó al
registro y a la estadística. Lo que resulta
particularmente escalofriante y nauseabundo, en
el caso de la Alemania hitleriana, es la
conjunción de tecnología, planeación, visión
gerencial y lo que ahora se denomina "políticas
públicas", con el designio de asesinar a
millones de seres humanos indefensos e
inocentes. Auschwitz, Treblinka, Dachau y los
demás campos no fueron excesos ni excepciones,
sino parte de una infraestructura de muerte
cuidadosamente diseñada y operada, y
previsoriamente articulada al desempeño económico
e industrial del Tercer Reich. Empresas como
Siemens y Krupp instalaron plantas en el campo
de concentración polaco para exprimir la fuerza
de trabajo de los prisioneros, quienes, una vez
exhaustos, eran enviados a las cámaras de gas y
al crematorio. En el colmo de la deshumanización
de las víctimas, el pelo y la grasa de sus cadáveres
eran vistos como insumos de cadenas productivas.
En Auschwitz los factores de progreso del siglo
XX ciencia y tecnología, organización
social, planificación, comunicaciones y
transportes, producción en cadena fueron
puestos al servicio de la más espantosa de las
barbaries, perpetrada por los supuestos
"arios" en contra de judíos, gitanos,
eslavos y otros conglomerados previamente
reducidos a condición infrahumana.
Resulta
estremecedor cotejar los paralelismos entre esa
conjunción de progreso y barbarie con el
instrumento que puso fin a la Segunda Guerra
Mundial, la bomba atómica, y con desarrollos de
muerte posteriores, como los bombarderos supersónicos,
las bombas guiadas por láser, los misiles
"inteligentes" y toda la parafernalia
militar plenamente integrada a las economías
occidentales, cuya producción genera empleos en
los países de origen y deja una estela de
destrucción cada vez más eficiente en naciones
como Afganistán e Irak.
Desde
otra perspectiva, los genocidios nazis siguen
siendo insuperables en muchos aspectos: en el
cuantitativo, desde luego, y en el grado de
cinismo y descaro con que los jerarcas del
Tercer Reich expresaron sus fobias, su racismo y
su intolerancia. En las sexta y séptima décadas
del siglo pasado el gobierno estadunidense
provocó la muerte de millones de vietnamitas,
pero se cuidó siempre de "lamentar"
las bajas civiles, al igual que lo hace hoy día
en Afganistán e Irak. Pero una mirada a las
cifras de la guerra en curso en la antigua
Mesopotamia indica que la invasión, destrucción
y ocupación del país árabe ha provocado no
menos de 16 mil muertes documentadas de civiles
no hay forma de llevar un recuento de los
iraquíes militares fallecidos, causadas,
precisamente, por las bombas "de precisión",
los misiles "inteligentes" y demás
artefactos de destrucción de los arsenales
estadunidense y británico.
En
forma menos espectacular, millones de personas
mueren todos los años de sida, de paludismo y
desnutrición, en el contexto de un modelo económico
centrado en la obsesión de maximizar utilidades
en detrimento de condiciones de higiene y salud,
de equilibrios climáticos y de la sobrevivencia
de comunidades carentes de poder adquisitivo.
Los complejos gubernamentales - industriales -
militares de Estados Unidos y sus socios son una
construcción social semejante a la que
establecieron los nazis en el pueblo polaco de
Oswiecim, y el modelo económico imperante
funciona también como un campo de muerte y
exterminio. Pese a la derrota del Tercer Reich
hace 60 años, a pesar de los avances
civilizatorios logrados por la humanidad en ese
lapso, y a contrapelo del horror que nos
inspiran las barracas, las cámaras de gas y los
hornos crematorios, la pesadilla no ha
terminado.
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