Ariel
Sharon se propone la destrucción completa del
estado palestino para luego dictar la paz, un
"diktat" al estilo hitleriano. Su
estrategia es ocupar a sangre y fuego los
territorios palestinos, mantener allí sus
tropas indefinidamente, transformar sus ciudades
en gigantescos guetos, multiplicar los campos de
concentración (acaba de abrir en el desierto
del Neguev un campo de internación para los más
de 1.100 palestinos apresados desde el 29 de
marzo), liquidar la autonomía palestina,
arrasando los edificios de sus órganos de
gobierno y aislando a Arafat en condiciones
inauditas. A diez días de la guerra desplegada
con decenas de miles de soldados y armamento de
todo tipo, su objetivo indudable es extender los
límites del Gran Israel, masacrando a los
palestinos y haciéndoles la vida imposible en
su patria, para lo cual adoptó de plano el
programa del sector más recalcitrante, racista
y xenófobo de la extrema derecha.
Acorde
con este plan, Sharon anunció el viernes que
fortalecerá el ala ultraderechista de su
gobierno con el ingreso del Partido Religioso
Nacional, representante de los colonos judíos
que ocupan los territorios palestinos y a los
religiosos ultranacionalistas de tendencias mesiánicas.
Sharon
no se hubiera atrevido a este delito de lesa
humanidad y a enfrentar el clamor que desde los
cinco continentes lo sindica como genocida, si
no contara con el pleno respaldo de EEUU, que
vetó una resolución del Consejo de Seguridad
por la cual se instalaba una fuerza de
interposibión en la región. Hoy por hoy, ése
es el único mecanismo capaz de frenar los
desbordes ilimitados del ejército de ocupación
israelí, que mata y fusila a mansalva, penetra
y registra todos los hogares (incluidos los de
gobernantes palestinos, como el ministro de
Información), mata a quienes se niegan a abrir
la puerta (como le sucedió a una madre con su
hijo, cuyas imágenes recorrieron el mundo),
irrumpe en hospitales ametralladora en mano,
cerca la iglesia de la Natividad, expulsa a los
extranjeros solidarios, envía a los jóvenes
esposados y vendados a campos de concentración,
recordando el accionar de las tropas nazis en
los países sojuzgados. EEUU dio luz verde a la
prolongación sin término ni control de estas
acciones bélicas.
Luego,
Bush se sumó a la aprobación de la resolución
1.402 del Consejo de Seguridad, que reclama el
retiro inmediato (en inglés "without
delay", sin demora) de Israel de los
territorios. Lo hizo ante la condena de su
actitud de complicidad abierta con Israel por
parte de la comunidad mundial, conocedora de que
(como acaba de recordarlo el ex presidente
Clinton) EEUU entrega a Israel 10 millones de dólares
diarios, principalmente en armamento pesado,
como se vio en acción estos días. Otros
factores de esta decisión fueron: el temor a la
desestabilización en la región; las
complicaciones en su plan de atacar a Irak; la
suba de los precios del petróleo; las próximas
elecciones parlamentarias y de gobernaciones
clave, como la Florida; el desprestigio de EEUU
y la pérdida de su influencia ante la Unión
Europea.
Pero
dicha resolución no logró ningún resultado práctico.
Israel considera los tratados como papeles sin
valor. Violó sistemáticamente --contando
siempre con la anuencia de EEUU-- las
resoluciones de la ONU que le ordenaban el
retiro a las fronteras de 1967. Bush dejó en la
zona al general Zinni, que es la inutilidad en
persona. Y a grandes golpes de propaganda,
resolvió hace unos días enviar a Colin Powell.
Pero
se tomó su tiempo. El secretario de Estado
llegará mañana, se reunirá con Sharon recién
el viernes y con Arafat nunca. Mientras tanto,
las tropas israelíes siguen asesinando y
depredando. Powell se encontrará con los hechos
consumados, y no hará nada por revertirlos.
Sharon le propinó un bofetón a Javier Solana
(y a la Unión Europea) prohibiéndole, lo mismo
que al canciller español Josep Piqué, reunirse
con Arafat. Es que él funge como dictador
absoluto en los territorios.
Por
eso en las pancartas desplegadas en distintas
ciudades el nombre de Sharon aparece asociado
con el símbolo nazi de la svástica o cruz
gamada. Y por lo mismo, esa gloria de la
literatura y de la conciencia mundial que es José
Saramago (recuérdese su participación en el
Foro de Porto Alegre) declaró en Ramalá que la
vida en los territorios se asemejaba al campo de
concentración de Auschwitz. Y otro Nobel
literario, el nigeriano Wole Soyinka (amigo de
Nelson Mandela, y que conoce bien el paño),
dijo que la situación palestina le recuerda el
apartheid sudafricano. Cuando un vocero de la
cancillería israelí (o sea de Shimon Peres)
califica a Saramago de "enano mental,
antisemita") sólo está demostrando la
ruindad y la bajeza moral de su gobierno.
Lo
que confirma el carácter fascista de la ocupación
es la represión contra los periodistas. Mataron
a un camarógrafo egipcio y balearon por la
espalda al corresponsal del Boston Globe. Cuando
el viernes llegaron 25 periodistas a cubrir la
reunión de Zinni con Arafat, los enfrentaron
sin aviso a los tiros, arrojándoles además
granadas y gases lacrimógeneos, chocándole los
autos con sus jeeps y cercándolos con tanques.
Vimos las imágenes de la agresión desatada,
que alcanzó incluso a la CNN, a pesar de que
las tropas secuestran las imágenes que
documentan sus atentados. No circuló ninguna
nota gráfica del encuentro Zinni-Arafat.
La
sangre sigue corriendo a raudales. En
Cisjordania siete ciudades están ocupadas, y
varias declaradas "zona militar
cerrada", sólo queda Jericó fuera del círculo
de hierro. Más de un centenar de muertos
palestinos se sumaron estos días. Y a pesar del
clima de terror imperante, la protesta de los
pacifistas crece en Israel mismo. Así ocurrió
en la gran marcha contra la guerra que arrancó
de Jerusalén oriental el 3 de abril y terminó
con decenas de heridos por la policía en los
hospitales, entre ellos 4 diputados árabes. El
jueves hubo demostraciones ante la embajada USA
en Tel Aviv, el viernes manifestaciones en las
localidades árabes y para anoche Paz Ahora
preparaba en Tel Aviv una concentración de
masas contra la guerra.