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Medio:
Rebelion
Autor: Santiago
Alba Rico
Día: 2
de febrero 2005
Site:
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=12246
Mail: cartas@abc.es
Ignacio
Ramonet, ¿pro-israelí
La
obligación de los intelectuales y periodistas
no puede ser la de mantener la equidistancia
entre dos fuerzas desiguales sino la de revelar
y denunciar una y otra vez su desigualdad. A eso
precisamente se le llama objetividad.
Digo esto a propósito del recurso,
magistralmente empleado a menudo en el conflicto
palestino-israelí, de mantener la distancia
respecto de ambos contendientes a fin de que la
propia ecuanimidad suscite la ilusión, mucho más
importante, de una igualdad de hecho entre las
partes. Esto es lo que hace Ignacio Ramonet en
su artículo "Salir de Gaza",
publicado el 2 de marzo por "La Voz de
Galicia" y reproducido también en estas páginas
( www.rebelion.org/noticia.php?id=12133
), en un ejemplo casi canónico de lo que es el
uso sesgado de las más acendradas vitudes
periodísticas. Como doy por descontado que la
mayor parte de los lectores de Rebelión conoce
los datos básicos de la actualidad en
Palestina, me limitaré a volver a decir lo que
Ramonet dice, a re-presentarlo -por así
decirlo- en otro orden y sin andamios, para que
pueda valorarse el peso y la funcionalidad de su
posición.
1.- Ramonet califica el plan de
"desconexión" de Gaza (y, por lo
tanto, a su artífice, el general Sharon) de
"valiente". Esta, lo sabemos, es
precisamente la forma en que esa decisión
unilateral, negociada con Egipto pero no con la
ANP, ha sido celebrada por el gobierno de los
EEUU y por los medios de comunicación más
complacientes con Israel, hasta el punto de que
el término "valiente" se ha impuesto
en la opinión pública como eso que en
literatura se llama un "epíteto"
("Aquiles el de los pies ligeros"),
con la misma eficacia propagandística que la
famosa "generosa oferta de Barak"
rechazada por Arafat en Camp-David II, uno de
los mayores éxitos de la propaganda israelí en
los últimos cuarenta años. Sobre la
"valentía" del plan de
"desconexión" de Gaza y su contribución
a la causa de la paz, se ha escrito mucho y no
seré yo quien se pronuncie. Recordaré tan sólo
las palabras de Dov Weisglass, principal
consejero y hombre de confianza de Sharon en
octubre del 2003: "La desconexión
representa el formol. Proporciona la cantidad
necesaria de esta solución para evitar un
proceso político con los palestinos. El proceso
de paz significaría la creación de un Estado
palestino, el desmantelamiento de las colonias
en Cisjordania, el retorno de los refugiados, la
partición de Jerusalén. Ahora está todo
congelado". La parsimoniosa salida de 8.000
colonos, convenientemente indemnizados por el
gobierno, de un territorio sobrepoblado y económicamente
irrelevante, es paralela al reforzamiento de los
asentamientos en Cisjordania, según noticia del
diario israelí Yediot Ahronot del
viernes 5 de febrero, y a la continuación de
las obras del Muro, condenado por el tribunal
Internacional de La Haya y que, aparte el
confinamiento en un verdadero gheto de los
200.000 palestinos de Jerusalén, supone el
aislamiento de decenas de aldeas palestinas y la
anexión de hecho de al menos otro 7% de ese 22%
-en relación con la Palestina histórica- sobre
el que se asentaría el futuro Estado palestino.
De todo esto Ramonet no dice nada.
2.- El segundo párrafo del artículo de
Ramonet trata de explicar lo que ha hecho
posible este viraje en la política del gobierno
israelí y arranca con un: "los tiempos han
cambiado desde aquella provocación del general
Sharon al presentarse el 28 de septiembre de
2000 (...) en la Explanada de las
Mezquitas". ¿Qué es lo que ha cambiado?
La evidencia de la intimidad casi orgánica
entre EEUU e Israel, en virtud de la cual el
gobierno israelí irá siempre tan lejos como la
administración estadounidense se lo permita,
podría hacer pensar que aquí se está
aludiendo a las presiones de Bush, empantanado
en Iraq y obligado a algún gesto formal en
Medio Oriente. Pero el epíteto
"valiente" descarta esta consideración.
¿Qué es entonces lo que ha cambiado? Mediante
una redacción capciosísima, aparentemente
plana, Ramonet describe la espiral de horrores
que se han sucedido en Palestina desde el
comienzo de la segunda Intifada (enumeración en
la que mi carácter hipocondríaco no puede
dejar de reconocer una cierta prudencia muy
selectiva, pues alude por dos veces a los
"odiosos" atentados suicidas y nombra
asépticamente "la reocupación militar de
las ciudades palestinas", sin mencionar
Jenin, la destrucción de casas y de olivos o
los bárbaros e ilegales "asesinatos
selectivos"). Todo esto, en fin, habría
seguido así -bola de nieve de violencias
contrapuestas- de no haberse producido
milagrosamente un cambio: "La muerte de
Arafat y la elección democrática de Mahmud
Abbas parecen haber despejado el
horizonte". Aparte el supuesto implícito
de que Arafat no fue elegido por su pueblo y de
que las elecciones del pasado enero en Palestina
fueron "democráticas", las palabras
de Ramonet conducen a otro de los "tópicos"
preferidos de la propaganda israelí y
estadounidense: "Arafat, obstáculo para la
paz". De esta manera se carga sobre la
parte más débil -el pueblo palestino
representado por un Arafat prisionero en la
Muqata- la responsabilidad de esta sucesión de
violencias e incluso la propia monstruosidad de
la Ocupación, que Ramonet no menciona ni una
sola vez, eximiendo retrospectivamente al ahora
"valiente" Sharon de todas sus tropelías.
A este respecto, recordaré tan sólo que mi muy
admirado y moderadísimo Edward Said, partisano
de la nada radical Iniciativa Nacional Palestina
y extraordinariamente intolerante con los
atentados contra civiles israelíes, siempre
reprochó a Arafat la firma de los acuerdos de
Oslo ("un verdadero tratado de
Versalles", decía), mediante la cual el
difunto rais habría hecho concesiones
incompatibles con la consecución de un Estado
independiente y sostenible. Ramonet le reprocha,
al contrario, no haber hecho suficientes y
espera que Mahmud Abbas, el hombre de los EEUU
en la ANP, haga todas las que se le pidan,
incluida -o sobre todo- aquélla que Arafat hizo
sólo a medias frenado por la resistencia de su
gente: preocuparse más -es decir- de la
seguridad de los israelíes que de la
supervivencia de su propio pueblo.
3.- Ramonet dice que "la mayoría de la
población israelí aprueba" el plan de
desconexión de Gaza y atribuye a una
"minoría de extrema derecha" la
resistencia al mismo y el rechazo de
negociaciones con los palestinos. Una vez más,
el director de Le Monde Diplomatique
moviliza, volens nolens, el mito de un pueblo
"pacífico" forzado por las
circunstancias a un conflicto que le repugna.
Según una encuesta palestino-israelí publicada
el pasado mes de enero por los diarios Al-Quds y
Haaretz, el 55% de los israelíes, en efecto,
apoyaría el plan de retirada de Gaza, lo que
representa una exigua mayoría y poco
significativa además, habida cuenta de que el
famoso plan -según las declaraciones del citado
Weisglass- tiene muy poca o ninguna relación -o
una relación sólo a contrario- con las
negociaciones de paz. Por lo demás, que por
primera vez el apoyo a un acuerdo duradero de
paz entre los israelíes haya superado ligerísimamente
el 50% tras la muerte de Arafat sólo indica
que, como el propio Ramonet, muchos israelies
confían en que Mahmud Abbas haga concesiones
decisivas. La realidad es que estos porcentajes
bajan vertiginosamente cuando a los ciudadanos
israelíes se les pregunta por su disposición a
desmantelar los asentamientos de Cisjordania o a
ceder una parte de Jerusalén como capital del
futuro Estado palestino o a aceptar el retorno
de los refugiados. Estoy seguro de que Ramonet
se engaña de buena fe, pero lo cierto es que,
si los israelíes están a favor de la paz (¿y
quién no lo está?), siguen estando
mayoritariamente en contra de hacer concesiones
para alcanzarla. Los bravos luchadores de Gosh
Shalom, como recuerda el siempre optimista e
incombustible Uri Avneri, siguen siendo en
Israel una insignificante minoría.
4.- Esta voluntad inconscientemente dolosa de
igualar en fuerzas, en intenciones y
hasta en representación a palestinos e israelíes,
lleva a Ramonet a cifrar las causas del
conflicto en "la llamada, entre los fanáticos
de ambos campos, a la 'limpieza étnica' o a la
'segregación de las poblaciones'". Una vez
más asistimos aquí a la tentativa de eximir de
responsabilidad a los gobiernos israelíes y a
sus votantes. Recordemos que también en este
punto -como en lo relativo al grado de justicia
y de sufrimiento por uno y otro lado- la situación
es completamente desigual. Mientras que Hamas,
en el extremo islamista del arco de la
resistencia palestina, ha reconocido ya públicamente
la existencia del Estado de Israel y ha aceptado
las fronteras de 1967, los sucesivos gobiernos
de Israel, halcones o palomas, en nombre del
Estado y del pueblo israelí que los ha venido
votando, han compartido básicamente, desde
1948, la misma política de expansión colonial,
anexión formal y/o material de territorios,
"transfer" de poblaciones, asfixia
económica, apropiación de recursos acuíferos,
derribo de casas y aplanamiento de olivos,
destrucción del patrimonio cultural, etc.
Considerar que el conflicto palestino-israelí
se ciñe al fanatismo de dos grupúsculos
enfrentados significa velar la existencia de un
proyecto colonial y una fuerza ocupante y
cuestionar la ilegalidad misma de la Ocupación.
5.- Ramonet acaba su artículo evocando ahora
uno de los "mitos fundacionales" de
Israel: la "singularidad" de este
Estado y su indisociabilidad genética de un
"proyecto moral". No nos equivoquemos:
la justicia -toda la justicia- está del lado de
los palestinos, víctimas históricas de las
maniobras del imperialismo europeo y del
antisemitismo occidental, y la existencia de
Israel, como bien lo demuestran sus
consecuencias hoy para la paz mundial, es
inseparable del proyecto ilegítimo e inmoral de
ese nacionalismo sionista, mesiánico y racista,
que ha cristalizado en un Estado sin constitución,
sin fronteras declaradas y regido por una Ley
del Retorno que excluye de hecho la posibilidad
de convivencia con los palestinos. Pero la
historia no imparte jamás justicia y tiene que
conformarse con introducir de cuando en cuando,
muy raramente, un poco de derecho. Por
decirlo sin ambages: los israelíes se han
ganado injustamente el derecho a compartir las
tierras de Palestina con sus legítimos
propietarios. Ese derecho ya no puede
cuestionarse, pero es necesario no olvidar sobre
qué injusticia se levanta para que los
palestinos puedan aspirar también, ya que no al
restablecimiento de la justicia, al
reconocimiento al menos de un derecho igual al
del agresor.
6.- Como soy muy sensible al espesor de las
palabras, no puedo dejar de señalar, para
terminar y con cierto malestar, el modo en que
Ramonet -que en un maestro como él no puedo
juzgar inocente- explota la potencia
movilizadora de algunos términos. Me refiero
concretamente al hecho de que, mientras habla de
la "desesperación" de los palestinos,
describe a los israelíes como una sociedad
"angustiada" y -fíjense-
"martirizada". La vocación religiosa
de este vocablo, que invierte y refleja el uso
que se hace de él del otro lado (el culto a los
"shuhada", a los "mártires"),
no me gusta nada. En este caso, Ramonet no se
limita a igualar sino que voltea la
proporción de justicia y de sufrimiento entre
ambos bandos: mediante este adjetivo
("martirizada") consuma la magia de
convertir a Israel en la víctima pasiva, inerme
y sin culpa de una feroz persecución criminal.
Es decir, evoca -perdónenme- la sombra del
Holocausto con toda su fuerza legitimadora, de
la que tanto y tan obsceno provecho ha sabido
extraer el sionismo.
Creo que estos seis puntos demuestran
sumariamente que el artículo de Ramonet es, se
haya dado cuenta o no su autor, pro-israelí y,
por lo tanto, injusto. Creo que, si en lugar de
Ramonet -hombre al que respeto y admiro y que se
ha ganado una merecida autoridad moral e
intelectual en otras batallas-, si en lugar de
este hombre valiente y lúcido este artículo lo
hubiera escrito Solana o Vargas Llosa, todo el
mundo comprendería muy bien su contenido. Pero
precisamente porque lo ha escrito un hombre cuya
merecida autoridad moral e intelectual nadie
pone en duda, conviene que alguien se atreva a
decir lo que verdaderamente está diciendo, para
que él tome conciencia de su error (fruto quizás
de las presiones que caracterizan en este tema a
los medios intelectuales franceses) y para que
sus lectores, entre los que me cuento, sólo le
sigamos hasta donde tenga razón y mientras la
tenga.
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