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Medio:La
Nación, Aragentina
Autor: Sebastián
A. Murena
Día: 12/1/2005
Site:
http://www.lanacion.com.ar/670462
Mail: cartadelectores@lanacion.com.ar
La
idea de un Estado palestino ha sido rechazada
por Israel.
¿Palestina tendría que renunciar a ser un
Estado?
–Eso
es imposible ¿Qué hacen si no tienen un
Estado?
–¿Se
convertirían en ciudadanos de segunda categoría?
–Exacto.
Creo que los israelíes
están cada vez más convencidos de que hay que
encontrar una salida para que ese grupo humano
tenga un estatuto internacional garantizado, o
sea, un Estado. He oído decir a amigos judíos
que eso es inevitable.
Al gobierno le gustará o no, pero hay que
encontrar una manera de que se realice. La
cuestión es cuáles serán los límites, hasta
dónde va a renunciar Israel
a las colonias.
MN:
Desde la aprobación del plan de paz "Mapa
de Rutas" el 30 de abril de 2003
Israel, bajo la
conducción de Ariel Sharon, manifestó
públicamente su beneplácito a la creación de
un estado palestino. Sin embargo la política
antiisraelí parece continuar concentrándose en
lo que se quiere decir de los judíos y no de lo
que ellos en realidad dicen o hacen.
“NO
CREO QUE HAYA GUERRAS DE RELIGIÓN,
NI QUE VAYA A HABERLAS”
ENTREVISTA
AL CARDENAL JORGE MEJÍA
ROMA.–
A pesar de los graves conflictos que existen
entre lo occidental y lo oriental, el cardenal
Jorge Mejía desestima que el mundo se encamine
hacia una guerra religiosa.
Nacido
en Buenos Aires en 1923, Mejía ha sido profesor
y director de la revista Criterio y participó
en el Concilio Vaticano II. Fue secretario del
Departamento de Ecumenismo del Consejo Episcopal
Latinoamericano (Celam) hasta que fue nombrado
secretario de la comisión para las relaciones
religiosas con los judíos. También fue
vicepresidente de la comisión Justicia y Paz a
partir de 1986. Desde 1998 hasta su jubilación
fue director de la Biblioteca Apostólica y del
archivo secreto vaticano
El
cardenal Mejía fue compañero de estudios de
Juan Pablo II, con el que mantiene una relación
personal. Con casi 82 años, conserva una
memoria y una agilidad mental envidiables que,
unidas a su cultura y un sutil sentido del
humor, vuelven estimulante todaconversación con
él.
–La
Iglesia tiene una tradición de mediar ante la
perspectiva de conflictos. En el reciente caso
de Irak, hasta último momento Juan Pablo II
intentó evitar la guerra. Parecía que el viaje
del cardenal Etchegaray iba a dar resultado pero
fue en vano. ¿A qué lo atribuye?
–El
Papa no mandó sólo a Etchegaray a hablar con
Saddam Hussein. También mandó a Laghi a hablar
con Bush. Y no fue una mediación porque la
mediación es una cosa muy concreta, jurídicamente,
sino un empeño por la paz. La Iglesia trata de
que los conflictos entre las naciones no se
resuelvan con las armas sino que prevalezcan
medios más adecuados. No había una guerra
entre Irak y los Estados Unidos sino un proyecto
del Bush de cambiar la situación de un país
con la violencia. Una situa ción que ellos habían
construido, porque ahora está claro, y lo
estaba desde el principio, que las famosas armas
de destrucción masiva no existían.
–¿Por
qué la Iglesia no tuvo éxito?
–Había
una decisión ya tomada de resolver esa situación
con la fuerza. El Papa no fracasó, sino que no
consiguió detener semejante proyecto, a pesar
de que con él había una serie de naciones.
Francia se opuso a la guerra, Alemania también…
–Durante
el conflicto del Beagle la mediación papal sí
dio buenos resultados.
–La
Santa Sede siempre prefirió excluir el término
"mediación". Fue simplemente una
manera de obtener que las dos partes negociaran
directamente.
–¿Usted
cree que fue porque ambos países eran católicos
o porque hace 20 años la Iglesia tenía mayor
influencia política?
–La
razón es que, en aquel momento y en aquel
lugar, América latina, la Santa Sede gozaba de
enorme autoridad. Cuando el nuncio Pío Laghi,
que estaba en Buenos Aires, le sugirió al
nuncio en Chile que interviniera la Santa Sede,
éste habló con el gobierno chileno y
estuvieron de acuerdo. No hubo que convencer a
nadie. El éxito se debió al respeto del cual
gozaba, y creo que del que goza todavía, la
Santa Sede en esa parte del mundo. Mucho más
del que goza en los Estados Unidos y, me temo,
en Europa, a pesar del enorme prestigio personal
del Papa.
–En
los últimos años, algunas comunidades de
inspiración católica han tomado un papel más
activo en la mediación internacional. Es el
caso de la Comunidad de Sant’Egidio. ¿Esos éxitos
se deben al corte católico de estas comunidades
o a la habilidad individual de sus miembros?
–A
las dos cosas. La comunidad de Sant’Egidio
nace por otros motivos, pero a raíz de las
relaciones que hicieron en las grandes reuniones
que organizan se dieron cuenta de que podían
intervenir en algunas cuestiones. El primer
ensayo fue el de Mozambique, que salió bien.
Otros no han salido bien, como el de Argelia,
pero eso no los ha paralizado.
–Durante
muchos años usted ha sido secretario de la
comisión de la Santa Sede para las relaciones
religiosas con los judíos y ha vivido y viajado
extensamente por Medio Oriente. ¿Qué
soluciones ve para la cuestión de Israel
y los palestinos?
–La
única vía posible es una negociación
bilateral en la cual cada una de las partes esté
dispuesta a renunciar a algo, como sucede en
toda negociación. Las renuncias, en este caso,
son sumamente duras y difíciles.
–La
idea de un Estado palestino ha sido rechazada
por Israel. ¿Palestina
tendría que renunciar a ser un Estado?
–Eso
es imposible ¿Qué hacen si no tienen un
Estado?
–¿Se
convertirían en ciudadanos de segunda categoría?
–Exacto.
Creo que los israelíes
están cada vez más convencidos de que hay que
encontrar una salida para que ese grupo humano
tenga un estatuto internacional garantizado, o
sea, un Estado. He oído decir a amigos judíos
que eso es inevitable. Al gobierno le gustará o
no, pero hay que encontrar una manera de que se
realice. La cuestión es cuáles serán los límites,
hasta dónde va a renunciar Israel
a las colonias.
–Después
del 11 de septiembre del 2001 se avivó el
peligro de un choque de civilizaciones. ¿Cómo
evitar que esta lucha sea vista como una guerra
de religión?
–Yo
no hablaría de un conflicto de civilizaciones,
porque el estado en que el mundo se ve a sí
mismo tiene demasiados puntos en común para que
ésa sea la razón de un conflicto. Hay una
reacción en quienes no quieren ser nivelados
totalmente con lo que podemos llamar occidental,
pero que yo llamaría más bien consumista,
secular y ajeno a toda dimensión religiosa. Por
eso uno de los eslóganes de la "otra parte
del mundo", si lo dividimos así, es que
Occidente está totalmente corrompido. Por su
lado, la parte, digamos, norteamericana llama
Satanás a la otra. No habiendo, me parece, la
perspectiva inmediata de una guerra de
civilizaciones, hay, sin embargo, momentos muy
serios de conflicto. ¿Cómo entraron las
religiones en esto? En el lado oriental, si
usamos ese término aunque sea inadecuado, lo
religioso importa mucho más que en la otra
parte. A pesar de que todo el mundo esté muy
secularizado, basta ir a China, a Japón o a la
India para ver que la realidad religiosa tiene
una presencia pública y social que lo cristiano
tiene cada vez menos en Occidente. Esto último
hace difícil una guerra de religión. Dicho
esto, no cabe duda de que hay elementos
religiosos en el conflicto. Del lado occidental,
por suerte no se está usando la frase:
"Defendemos una civilización
cristiana" o, por lo menos, yo no la he
escuchado. Esto se oía en la Argentina durante
los gobiernos militares, que decían:
"Nosotros somos el Occidente
cristiano", cosa que siempre he criticado.
De modo que no, guerras de religión como tales,
como las que hubo en Europa después de la
Reforma, hasta la Paz de Westfalia, no hay, ni
creo que vaya a haber. Ni tampoco creo que el
islam decida, en nombre del Profeta, invadir
Occidente.
–Entonces
usted no considera que la Iglesia esté bajo un
ataque del islam.
–No.
Con todo, no se puede olvidar que el primer
ataque contra el Papa, un ataque terrorista,
vino de esa parte del mundo.
–Llevado
a cabo por un turco…
–El
señor Agca es musulmán. Qué hubo detrás no
se sabrá nunca con precisión. Yo creo que el
Papa lo sabe, y posiblemente lo va a dejar
escrito.
–En
la Constitución de la Unión Europea, tras
muchos esfuerzos de la Santa Sede, se decidió
no incluir la mención de las "comunes raíces
cristianas" del continente.
–Muchos
en la convención hubieran querido una
referencia a las raíces cristianas. De hecho,
se progresó, porque primero no había nada;
luego hubo una referencia a los acuerdos que los
diferentes países tienen con las instituciones
religiosas y se nombraron las iglesias
cristianas. Después hubo otro progreso: que se
hablara en general de "los orígenes
culturales y religiosos", aunque sin llegar
a lo cristiano. De modo que no se trataba de una
neta oposición en todo. ¿Por qué no salió lo
cristiano? Entre otras cosas, porque algunos no
lo consideraban importante y no veían por qué
tenía que haber una referencia especial. Otro
punto es que la mención de las raíces
cristianas podría haber sido vista como un límite
a la libertad de los organismos decisivos para
resolver cosas que el cristianismo, y sobre todo
el catolicismo, no aceptan. Las uniones
homosexuales, por ejemplo, o la libertad
absoluta en la intervención en la procreación,
con la consecuente muerte de los embriones, o la
cuestión del aborto. Yo mismo pensaba que, de
haberse nombrado las raíces cristianas, pero
con todas estas posibilidades abiertas, se
hubiera creado una situación equívoca, por no
decir hipócrita.
–A
la vez, se le está abriendo el camino a la
entrada de Turquía en la UE…
–También
eso podría crear un problema, aunque Turquía
está construida sobre la civilización
bizantina, de la cual quedan rastros.
–A
partir de los años 70 la Iglesia incorporó
también comunidades y grupos de "izquierda
católica"…
–¿Incorporar?
Podemos decir que surgieron, pero fueron muy
resistidos.
–Lo
que quiero decir es que hoy en día parecen
estar tomando pie las agrupaciones más
conservadoras, como el Opus Dei y los
Legionarios de Cristo.
–El
Opus Dei, ahora y desde hace ya bastante tiempo,
no tiene prejuicios excluyentes.
–¿Y
los Legionarios de Cristo?
–Son
una cosa muy especial, y sobre todo los daña el
nombre, porque da la impresión de una cosa
militante. Ahora bien: hay que entender de dónde
viene este nombre. Conozco al fundador, pues
fuimos compañeros acá cuando éramos
estudiantes. Ellos vienen de la guerra contra la
Iglesia en México, que se volvió muy
militante, hasta el punto de que algunas
personas pensaron que se exageraba. Me refiero a
los famosos cristeros. Ahora, que se los pueda
considerar del todo conservadores, ¿qué
significa eso? Yo diría que están muy
convencidos de su importancia, no sin motivos,
pues tienen muchísima gente y muchísimas
instituciones. Algunos dicen que lo que les
importa es el poder, pero creo que se exagera.
–¿No
cree que esto podría alejar de la Iglesia a los
católicos más moderados?
–Puede
crear dificultades, pero alejarlos no. Además,
se puede decir que si algunos se alejan, otros
se acercan. Por ejemplo, ahora el Opus Dei acaba
de organizar en su facultad de medicina de Roma
un diálogo nada menos que con los hombres de
ciencia israelíes
sobre los temas más delicados, o sea, sobre la
intervención en la procreación, sobre el
aborto y sobre la eutanasia. Y la cosa ha salido
bien.
–En
el pasado, los jesuitas eran los educadores por
excelencia de la Iglesia. Hoy, el Opus Dei y los
Legionarios de Cristo parecen estar tomando ese
papel. ¿Esto podría llevar a una Iglesia mucho
más conservadora que la de hoy?
–Yo
preguntaría qué significa una "Iglesia
conservadora", qué conceptos se esconden
detrás de ese término…
–Un
catolicismo menos abierto…
–¿Abierto
a qué? ¿Abierto al mundo? Cuando los jesuitas
educaban al mundo, el tema era la Reforma
protestante, y los temas que ésta había traído
a Europa, pero sobre todo a América latina. Eso
hizo bien. Educaron a gente que sería más o
menos "cerrada", si usamos esa expresión,
pero que eran cristianos de veras. Por lo menos,
hasta un cierto momento. El Opus Dei y los
Legionarios tienen universidades de muy buen
nivel. Que creen gente menos abierta es un
peligro que existe, pero siempre hay que ver qué
significa eso…
–A
mucha gente, organizaciones como el Opus Dei o
los Legionarios de Cristo le inspiran cierta
desconfianza. Según el libro "Voto de
silencio" (J. Berry y G. Renner), los
legionarios hacen la promesa de no criticar a su
orden y denunciar a los que lo hacen. ¿No le
parece que este tipo de obligaciones pueden
inducir a pensar mal?
–Lo
primero es ver si eso es verdad. Canónicamente
sería muy difícil admitir un voto de ese tipo.
–No
sería un voto, sino una promesa.
–Una
promesa es más posible, pero aun así… Toda
comunidad trata de defender su propia identidad,
eso es bastante lógico, ¿no? Pero hay que ver
cuáles son los límites. Y si eso, en ciertas
circunstancias, no es útil u oportuno. No digo
necesario. Pero cuando la Iglesia es atacada,
tiende a asentar sus defensas. Lo que me parece
más importante en todo esto es que todas esas
nuevas comunidades tienen un primer principio,
que es la fidelidad al Papa. La personalidad del
Papa es de extraordinaria apertura, y eso hace
que ninguna de estas comunidades admita, o pueda
admitir como principio, un "nosotros eso lo
excluimos".
–Hace
instantes usted mencionó la ciencia. La Iglesia
tiene posiciones opuestas a la comunidad científica
internacional: la investigación genética, el
uso de embriones... ¿Cuánto puede la Iglesia
seguir diciendo no a un progreso que sigue
adelante?
–La
Iglesia no le dice no al progreso. Le dice no a
un cierto tipo de aplicación de la ciencia, y
no al estudio. Esa aplicación es la que no
tiene en cuenta la estructura natural y
constitutiva del ser humano y sus actividades.
Ese es el problema, y ahí no se va a decir
nunca que sí, porque no se puede negar lo que
es la defensa del hombre mismo. Si la Iglesia se
opone al aborto es porque se opone a que se mate
gente. Se puede decir: "¿Quién sabe si el
feto es un ser humano?". En eso, la ciencia
dirá que sí o que no, y la cosa está muy
discutida. Pero matando un feto se mata a un ser
futuro, o a un ser actual. Y a eso nunca se le
va a decir que sí, porque está el quinto
mandamiento en contra. Lo mismo pasa con la
eutanasia: a nadie le corresponde decidir la
muerte de las personas, porque la vida de las
personas depende de Dios y de la persona misma,
conforme a la ley de Dios, no conforme a su
propio gusto y decisión. El límite no es la
ciencia y su progreso; el límite es otra cosa,
superior a la ciencia y que está más allá de
la ciencia. En eso nunca se va a volver atrás,
ni se ha vuelto atrás, que yo sepa...
–Pero
¿no cree que así la Iglesia se va a alejar del
mundo real y va a terminar perdiendo influencia
sobre las personas?
–¿Por
qué no lo decimos al revés: que es el mundo
real el que se aleja de la verdad que la Iglesia
representa, que eso aleja a las personas? Aleja
a algunas personas, pero le da la posibilidad a
otras de reconocerse como lo que son.
–Muchas
personas se definen hoy como cristianas, pero no
comparten ciertos artículos de fe, como el
infierno, la vida eterna o, en lo más práctico,
la necesidad de una anulación para volver a
casarse. ¿Cómo definiría usted a estos
neocristianos ?
–O
se es cristiano o no se es. Ese es el primer
principio. Si se es cristiano, se aceptan una
fe, una disciplina y unos sacramentos
determinados, no porque sean una imposición,
sino porque esto pertenece a la propia decisión
interior. Con todo, la Iglesia tiene una vocación
necesaria y constitutiva de misericordia y no
echa a la gente si no cuando no hay más
remedio.
–Durante
su gestión como bibliotecario apostólico y
jefe del archivo secreto vaticano usted le dio
mucha importancia a la incorporación y uso de
la tecnología y de Internet. ¿Cree positivo el
hecho de que más y más personas tengan acceso
a tanta información sin restricciones?
–No
hay ningún medio para impedirlo. En Internet
sale cualquier cosa. No hay que creer que la
infusión masiva de conocimientos e información
vuelva a la gente necesariamente mejor. Esa es
una ilusión iluminista, aunque tiene un
elemento verdadero, o sea que es mejor que la
gente no sea ignorante. Creo que hoy la gente
está indigestada de información y ya no es
capaz de discernir qué está bien y qué está
mal en la información que se le da.
–Están
de moda las novelas de suspenso inspiradas en
temas esotéricos y sociedades secretas, como
"El código Da Vinci" y otros. ¿A qué
atribuye este interés?
–Ese
libro es una sucesión de cuentos chinos y,
posiblemente, además, un mediocre plagio. Por
eso no pienso perder mi tiempo leyéndolo.
Ahora, ¿por qué a la gente le interesa lo esotérico?
Porque el ser humano tiene una cierta
curiosidad, que se puede calificar de malsana,
por todo lo que es extraño, fuera del horizonte
normal, y que a la vez teme, aunque le atrae.
Esta es una actitud psicológica conocida, que
creo que está presente desde que empieza este
mundo. Lo que pasa en el pecado original es
exactamente eso, un "vamos a ver qué es
esto que se nos prohíbe".
–Muchos
consideran que hoy la Argentina tiene un
gobierno de izquierda. ¿Está de acuerdo al
respecto?
–Sé
muy poco de todo eso. Que hay una cierta
tendencia favorable a lo que se llama la
izquierda es verdad, por lo menos todo el mundo
lo dice. Hablo de la Argentina siempre con
temor, porque no vivo ahí y la conozco poco.
Por un lado está la miseria, que es terrible. Y
después hay una especie de aflojamiento, eso sí,
de lo que son los criterios de una convivencia
social normal. Eso, en la Argentina, tuvo
importancia. La religión era un elemento, pero
no era todo. Y eso es lo que me parece que ahora
falla. Además, se ha establecido una cierta
tolerancia para cierto tipo de cosas. Lo oigo
decir de los piqueteros o con relación a los
secuestros. Hay una cierta tolerancia o
complicidad por parte de instituciones que deberían
impedir, controlar y remediar los excesos.
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